Latidos de Libertad

Latidos de Libertad

Maria De Arteaga
Estudiante de PhD en Políticas públicas y Aprendizaje de máquinas en Carnegie Mellon University, graduada de Matemáticas. Ha trabajado como periodista en la revista colombiana Semana y en Connectas. Especialmente interesada en el análisis de los conflictos armados y la corrupción.
En el parque de Libertad, más de trescientas personas tienen sus ojos puestos en Isabel, quien baila bullerengue al son de los tambores. Sus caderas tienen esa naturalidad reservada para aquellos que han practicado un movimiento desde la cuna. Según cuenta ella, cuando era pequeña y llegaba la hora de dormir, obedecía e iba a la cama, donde se quedaba bailando la música que su abuela escuchaba en el cuarto de al lado. En Libertad, pareciera que la vida siempre está acompañada por notas musicales. Es por esto que resulta tan difícil pensar que este pueblo pasó diez años en silencio.

Como ha quedado documentado en el informe del Centro Nacional de Memoria Histórica ¡Basta Ya!, Libertad es uno de los pueblos donde los paramilitares utilizaron la violencia sexual de forma sistemática “para castigar conductas transgresoras o ignominiosas desde la perspectiva de los actores armados”. Una generación creció sin bullerengue ni danza, acostumbrada a que la música a alto volumen indicaba que ‘El Oso’ o ‘Cadena’, comandantes del Bloque Héroes de los Montes de María, estaban de fiesta en el pueblo.

Hoy, con gaitas y tamboras, se vive el renacer de una comunidad que nunca se ha cansado de luchar. El 2014 inició con el primer festival de baile cantao, en el que niños, adultos y viejos, locales y forasteros, se unieron para cantarle a un lugar con un nombre bien merecido. En medio de los Montes de María -esa región del Caribe colombiano que para el país entero se convirtió en sinónimo de la barbarie del conflicto armado e históricamente ha sido escenario de un sangriento conflicto de tierras- los habitantes de este pueblo pasaron muchos años sin dormir. El temor a ser obligados a subir a la camioneta de ‘El Oso’, a la que llamaban el último llanto, los mantenía en vela. Y no fueron pocos los días que pasaron siguiendo el vuelo de los buitres, esperando que esto los ayudara a dar con el paradero de sus amigos asesinados.

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Pueblo de Libertad en Colombia. Carolina Medina

Tristemente, fue más violencia la que puso fin a esta era de crueldad. A ‘Diomedes’, heredero del poder de ‘El Oso’, lo lincharon y lo mataron el día que pretendía asesinar a un joven del lugar. Ese mismo día retomaron el control de su pueblo; la gente se armó con machetes y escopetas, tomaron turnos para hacer guardia, desterraron a los paramilitares y cerraron la entrada del pueblo en los días que tardó el ejército en llegar.

Cuando un liberteño cuenta esta historia, interrumpe la narración con cierta frecuencia para precisar que ellos no son un pueblo violento, mientras explica que en ese momento no tenían ni ejército ni policía, y quedó en sus manos la responsabilidad de defender su tierra y sus vidas. Ahora, esa resistencia inmensa se refleja en las sonrisas con las que han vuelto a bailar. Una de sus canciones parece reunir toda esta fuerza en un verso: “soy nacida y soy criada en el pueblo de Libertad, he pasado muchos tormentos y aquí me tienen pará, sea maluco sea bonito pero estoy en libertad”.

Así, se da el resurgir de este pueblo que todavía tiene mucho por qué luchar. En la mañana siguiente a la segunda noche del festival, durante una partida de dominó, Dionisio comenta: “ahora, así como reímos también sufrimos”. En Libertad no hay acueducto, el trabajo es escaso y carecen de un centro de salud. En este momento, los habitantes están reuniendo fondos para comprar un carro, pues cuando alguien necesita ser trasladado a un hospital los pocos vehículos que hay cobran hasta doscientos mil pesos, una cifra que muchas veces no pueden pagar. Ver a sus familiares morir en estas circunstancias les recuerda que el dolor aun no los abandona, y esto se combina con el miedo de que las Bacrim se apoderen del pueblo, imponiendo un régimen al que jamás quisieran regresar.

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Calles de Libertad. Carolina Medina

La historia dice que del bullerengue nació una minga, y de la minga nació Libertad. Por eso, hoy los latidos de un nuevo comienzo se marcan con un tambor. Sus habitantes tienen claro que el nombre de su pueblo debe ser siempre una realidad, y esta vez tienen la esperanza de que el país los acompañe.