Don McCullin: “Casi todo el mundo piensa que fotografiar es sólo presionar el botón, pero eso es sólo lo último”

Don McCullin: “Casi todo el mundo piensa que fotografiar es sólo presionar el botón, pero eso es sólo lo último”

Donald McCullin
(Finsbury Park, Londres, 1935) Fotoperiodista del Sunday Times Magazine durante 18 años, hasta que los cambios editoriales introducidos por Rupert Murdoch le apartaron de la cabecera. Por el visor de su cámara han pasado los conflictos de Chipre, la guerra civil en Líbano, Vietnam, Camboya, el Congo belga, Bangladesh, invasión rusa de Afganistán, El Salvador; asi como la hambruna de Biafra. Tras cincuenta años sobre el terreno, McCullin sigue fotografiando paisajes de la campiña inglesa.
Don McCullin reniega de las etiquetas que encorsetan y reducen su trabajo a un montón de estereotipos alimentados por mitos de dudosa credibilidad. Desde la atalaya que le dan sus más de cincuenta años de experiencia fotografiando conflictos,  se permite también renegar de la tribu de enviados especiales, “no he trabajado con otra gente, trabajo solo, no me gustan las tribus de periodistas”, dice sin poder evitar cierto tono de lobo solitario. El ex fotógrafo del Sunday Times Magazine responde a las preguntas de Latitud194 con el mismo tono pausado que comenta sus fotografías para un documental sobre su obra. De sus palabras se desprende el arrepentimiento de quien se siente en deuda con las víctimas, alimentado por el pesimismo de saber que su trabajo les ha servido de bien poco. El veterano fotógrafo admite con desilusión que ha malgastado medio siglo de su vida enganchado a fotografiar crisis y guerras de cuyos fantasmas ahora también es víctima.

-Comencemos por la terminología, usted rechaza ser considerado un fotógrafo de guerra: ¿por qué?

Porque es un título que no necesito. Ahora, todo fotógrafo quiere ser considerado un artista y yo no necesito ningún título. Estoy muy contento con el título de fotógrafo, encaja con mi trabajo. Eso es lo que hago, sin importar si fotografío guerras, paisajes o asuntos sociales. No quiero ser etiquetado, podría parecer que trabajo en un matadero si me llamas fotógrafo de guerra, no lo soy, soy un fotógrafo.

-¿Qué es ser un “yonqui de la guerra”?

Es algo que les pasa al principio a la mayoría de los corresponsales que van a la guerra, hasta que pasado un tiempo analizan las consecuencias que les supone estar viendo a gente destrozada. Realmente, si no te está afectando, no deberías estar ahí porque te falta la cualificación para entender que las cosas están yendo mal. Todo esto gira en torno  a la humanidad, no es sobre mí, que sólo soy un reportero. Pero al final, por supuesto que te afecta.

-¿Cuándo te das cuenta de que estás enganchado?

Cuando te das cuenta de que, nada más volver al mundo civilizado y al lado de tu familia, ansías volver a una guerra. Te das cuenta de que quieres marcharte de ese lugar estable. Y quieres volver porque es excitante y lo echas de menos. Este es el momento en el que corres el riesgo de ser categorizado como un yonqui de la guerra. Y ocurre, es un hecho real.

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Don McCullin. Foto: Pablo Garrigós.

-¿Es una decisión provocada por la reacción química que produce la adrenalina o hay algún razonamiento más profundo?

Es un poco de ambos. Es una colaboración conjunta entre tu cuerpo y lo que te hace volver con vida de una situación en la que podías haber muerto. Desde 1961, mil fotógrafos han sido asesinados. Cuando te acercas a una guerra ves cadáveres, gente herida,… Cuando sales de esa situación, segundos después, te sientes como drogado, agradecido a Dios todopoderoso por haber sobrevivido, pero también complacido por haber conseguido estar tan cerca del peligro. Realmente no es una forma sana de vivir la vida.

En esta situación,  ¿qué porcentaje de la supervivencia es suerte y qué parte es instinto?

Es una combinación entre la  destreza sobre el terreno y la gracia de Dios que me ha salvado la vida. En realidad nunca he sido creyente. Cuando estás en la escuela, sufres una inyección de religión, pero mi padre murió cuando yo tenía trece años. Estaba muy disgustado y quise abandonar la fe en Dios. Pero, habiendo dicho esto, uno se casa en una iglesia, bautiza a sus hijos en una iglesia, por lo que hay una gran parte de hipocresía en mi argumento.

Se trata de conservar la energía para correr por del campo de batalla, para marcharse de allí, y ocasionalmente, sacar fotos. Casi todo el mundo piensa que fotografiar sólo es presionar el botón, pero eso es sólo lo último. Las cámaras no me importan. No veo en las cámaras una gran diferencia entre lo que significan un cuchillo y un tenedor para comer. Son un instrumento. La fotografía está dentro, mis ojos, mis emociones, la representación de mí mismo y lo que estoy intentando obtener. La cámara es sólo una pieza de metal, no te habla, hace lo que necesitas que haga, a veces se rompe y estás vendido.

-Algunas veces también le pudo salvar la vida…

Hay algo de mito en esa historia. Tenía la cámara al lado de la cabeza, yo estaba tumbado y la cámara sobresalía. Así que no estoy seguro de si me salvó la vida, la cámara fue alcanzada por una bala. Claro que estaba cerca de mí, pero no puedo afirmar que me haya salvado la vida.

-En la película hay dos palabras prominentes, locura y demencia. ¿Cómo encajan con la dignidad?

Cuando ves gente sufriendo pero que consiguen mantenerse con vida estando heridos o quemados. A veces cuando les miras, parece que están en silencio. No te están rogando, ni gritando, parece que están aguantando el dolor sin gritar: “¿por qué yo?, ¿por qué a mí?”. Pero el sufrimiento está ahí. He visto mujeres muriéndose de hambre en África, sentadas  y con un hijo mamando de su pecho. Y pensaba para mí mismo: no he visto gente sana con tanta dignidad, en el sentido occidental del término. Porque puedes ver gente sana, acomodada, que no pasan hambre. Pero luego ves esta gente que te está mirando y sólo piensas, Dios mío, ¿de dónde sacan esa dignidad? ¿Cómo consiguen reunir esa energía? Pero te das cuenta de que es natural en algunos seres humanos, incluso cuando no pasan hambre o no se están muriendo. Algunos seres humanos tienen dignidad y muchos de nosotros no la tenemos.

-¿Qué ha aprendido de la guerra?

De verdad sólo una cosa: la guerra es algo completamente desgraciado. Es uno de los enemigos de la humanidad, es una forma vergonzosa de resolver los problemas entre la gente, ya sean tanto religiosos como políticos. Lo podemos ver con lo que está ocurrido en Ucrania. Hay fuerzas poderosas que mienten y que convencen a otras personas para que crean las mentiras que cuentan sobre el conflicto. Es todo muy canibalesco, ponzoñoso. Gente que quiere ganar poder. Al fin y al cabo es todo por el poder, eso es nauseabundo. He tenido suficiente, he estado cincuenta años en eso.

-Gran parte de su carrera, y por lo tanto, el periodismo durante el siglo XX ha estado centrada en retratar las historias de los soldados, pero ¿cómo se le puede explicar a la otra parte del conflicto, a las víctimas, que su trabajo no es sólo un acto de voyerismo?

Al principio era muy joven, con poca formación porque provengo de una familia muy pobre, así que tenía las cualidades adecuadas para entender la pobreza, el sufrimiento y el dolor. Había mucha crueldad en la escuela y también en mi propia familia. Así que cuando me convertí en un fotógrafo me di cuenta de que volvía a mirar al dolor, al sufrimiento.

Hacer fotos me excitaba, pero pronto entendí que me estaba aprovechando  del sufrimiento de otra gente y tuve que buscarle sentido a lo que estaba haciendo. ¿Cuál era el propósito de usar esa cámara? Fui enviado como fotógrafo y me sentí muy afortunado, me di cuenta del privilegio que era contar la historia y mostrar los comportamientos deleznables de ciertos grupos de personas. Después de un tiempo perdí interés en los soldados y Empezaron a llamarme mucho más la atención los civiles. Durante una guerra los civiles son los últimos en saber si es demasiado tarde para huir o para cavar un agujero en el suelo. Los civiles son siempre las víctimas. Los soldados siempre tendrán una salida, si son heridos, habrá gente que cuide de ellos. Pero los civiles, ¿quién va a cuidar de ellos? Así que empecé a poner en marcha un programa propio para mostrar lo que yo creo que deberían ser los aspectos más importantes de mi trabajo. Al final, me di cuenta de que eran los civiles.

-Pero llegados este punto, ¿puede la fotografía cambiar en algún sentido su situación?

“Mi fotografía no ha cambiado una sola situación. Nunca cambió nada”

Mi fotografía no ha cambiado una sola situación. Nunca cambió nada. Nada de lo que hice en guerras, revoluciones o hambrunas. Estas últimas son explicables porque son consecuencia de la naturaleza del clima. Pero la guerra es algo diferente. Cuando fotografío hambrunas, el enemigo son los elementos, no es un país contra otro o una turba con kalashnikov matando gente. Son los elementos. No es el hombre quien provoca las hambrunas o los terremotos . Así que era más fácil para mí explicarlo. Era obvio. Pero en la guerra, que es corrupta y maligna, gente poderosa hambrienta, ya sabes, con gente haciendo dinero con armamento y cosas similares, hay una explicación totalmente diferente.

-Durante 50 años cubriendo guerras, la cobertura mediática no solo ha cambiado por cuestiones técnicas, también lo ha hecho por el consumo de información. ¿Cree que la esencia sigue siendo contar historias?

No. Como dije antes, nunca conseguimos cambiar nada. Siempre hay una guerra que sigue a otra guerra. Una tras otra. Pero el problema de hoy en día, es que en los periódicos hay mucha más información pero menos valiosa. Ahora los periódicos están mucho más interesados en estrellas de cine, millonarios, jugadores de fútbol o gente de ese estilo. Y eso provoca una situación de desinformación. Básicamente están promoviendo   lujo, narcisismo y éxito porque eso es lo que vende periódicos hoy en día. Los editores de periódicos han manipulado la esencia de los periódicos, ya que la palabra noticias ya no significa nada. ¿Es noticia que David Beckham cueste 64 millones de libras (80.166.400 euros)? Eso no es noticia. Básicamente le están dando al lector sopa aguada en lugar de información candente.

-Pero qué es causa y que es consecuencia. ¿Por qué los lectores han girado la cara a esta realidad que no es tan lejana a la suya en la mayoría de los casos?

Primeramente, en una crisis como la del SIDA, nadie quiere hablar de ello, nadie quiere tratarlo porque no es atractivo. Es sobre la muerte, el lento proceso de un esqueleto moribundo. Así que es totalmente inaceptable para un periódico, es la última cosa que quieren. Quieren a los Beckham, a los Ronaldo, quieren a los ricos. Quieren enseñar las cosas positivas del ser humano y no quieren enseñar lo negativo, ¿por qué deberían?

-Pero, ¿qué es causa y que es consecuencia en esta situación? Porque sí que existen publicaciones diferentes a las que usted menciona y que sí ofrecen información más profunda o realista. ¿Por qué la gente no las compra?

Probablemente sean revistas altamente respetadas, como en Inglaterra “The Spectator” o “The New Yorker“, pero sólo son leídas por gente intelectual, no por gente de la calle. Estamos hablando de la gente que todavía comprende la gravedad de lo que es necesario contar. No son la gente de la calle. Sólo es gente educada e intelectual, y son una minoría. Eso es porque los periódicos nacionales venden miles de ejemplares cada día. La televisión ha fallado en su deber, puede llegar a millones de espectadores, pero le dan el mismo espacio al conflicto de Ucrania que a cualquier otra nimiedad. La televisión ha perdido su camino.

-Como periodista o como fotógrafo, ¿es todavía posible vivir de esto? 

“No he trabajado con otra gente, trabajo solo. No me gustan las tribus de periodistas”

No, no lo es. No es posible. Porque entonces, los periódicos se esfumaran.  Han caído en su propia vanidad al publicar esa basura sobre gente famosa, rica o estrellas de cine. Los periódicos morirán como consecuencia de haber publicado la basura que están publicando ahora. Claro que me gustaría ver algo más de grandes reportajes. Con los libros no está yendo tan mal. Gracias a Dios la gente todavía sigue leyendo libros. Pero si cogemos a Rusia como ejemplo, los rusos solían ser la sociedad más leída en el mundo entero y han perdido ese puesto al convertirse a las costumbres occidentales, a un estilo de vida de ‘fast food’. El ‘fast food’ es una muerte rápida y esto es lo que pasa con la cultura, que va hacia una muerte rápida.

-Y también se ha convertido en ‘low cost’.

Lo cierto es que consigues algo muy malo si estas pagando muy poco dinero por ello. Alimentar el planeta va a ser el siguiente gran problema, porque tenemos mejores medicinas, la esperanza de vida sigue ampliándose. Una población más longeva significa que la curva de la mortalidad no está equilibrada. Así que el gran problema al que nos enfrentaremos en los próximos 25 años será resolver como vamos a alimentar al mundo.  Será tiempo de guerras, el gran tsunami será la alimentación del planeta.

-Su discurso suena rotundamente pesimista.

No he ganado ninguna batalla con mi trabajo. Mi trabajo no ha mejorado una sola cosa. Te voy a dar un ejemplo. Durante de la guerra  de Vietnam un amigo tomó una fotografía de un oficial de policía disparando en la cabeza de un hombre. ¿Recuerda esa fotografía? Eso fue en 1968 y estaba allí, pero estaba en otra batalla. La guerra no acabó hasta 1975, siete años más tarde. Y con esa fotografía todo el mundo pensaba, ya está, la guerra debe terminar. Mostraba la diplomacia americana en caída libre, pero no, todavía duró otros siete años más. Esto prueba que la fotografía no es tan poderosa.

-Vietnam fue entonces el gran ejemplo de la libertad de movimientos para los periodistas, en comparación con las coberturas de Irak o Afganistan. 

Absolutamente. El sistema de empotramiento es una forma de control, una forma de censura. Cuando estás en una batalla te mantienen en la retaguardia hasta que hayan solucionado las cosas, pero en la guerra en Vietnam, si algo pasaba, yo estaba allí. No había ningún control sobre mí. Tenía un pase especial que me otorgaba el rango de teniente del Ejército americano. Pero no me importaba en absoluto, salvo que me daba la oportunidad de coger un helicóptero que me llevaba del frente de batalla a la retaguardia o la posibilidad de comer algo cuando estaba en el terreno. Pero, ahora, si estás empotrado no ves nada.

-Los ejércitos que han intervenido en las guerras en los últimos han desarrollado un mayor control informativo.

Especialmente los americanos, aunque también los británicos lo llevan haciendo algunos años.

-Lo hicieron con usted en las Malvinas.

Ni siquiera me pude subir al barco, me pararon cuando me estaba subiendo. Me conocían y era la última persona que querían en ese barco.

-Por eso lo controlan, ¿no?

En ese caso podían porque las Malvinas están a 10 mil millas. ¿Cómo iba a llegar hasta allí? Incluso los alemanes que llevaron, cuando llegaron, no les dejaron bajarse del barco durante seis semanas, alegando que no tenían el uniforme adecuado. Esa era su excusa. De hecho alguno de los que fueron sí que consiguieron llegar a la costa. La gente que permitieron subirse al barco no tenía mucha experiencia. Un conocido de Vietnam estuvo allí, pero el resto, no sabían nada de la guerra, ni cómo moverse, ni cómo sobrevivir. El ejército cogió a un montón de gallinas. Si hubiera estado en esa guerra, me las habría arreglado para ir por mi cuenta. Así es como he trabajado toda mi vida: no he trabajado con otra gente, trabajo solo. No me gustan las tribus de periodistas. Es la peor imagen que puedes obtener, cuando ves bandas de periodistas.